Diario de un Peregrino
- Abril de 1998 -
Por: Sumaia Younes
«La Peregrinación a la Casa es un deber de la gente para con Dios, para quien esté en condiciones de emprenderla».
(Corán; 3: 97)
«Dios dispuso la Ka ‘bah, la Casa Sagrada , como congreso para la gente».
(Corán; 5: 97)
Todo comenzó con un sueño... Un sueño que se hizo realidad. A la mañana siguiente, el primer día del mes de Ramadán, sonó el teléfono. Me llamaban de
Todo fue sorpresivo para mí, ya que, a pesar de que como cualquier otro musulmán, esperaba con ansias poder hacer
Permanecí desconcertada todo el día. Por un lado no podía contener mi regocijo y por otro temía... puesto que veía a mi alrededor mucha gente que añoraba realizar
A medida que iban pasando los días, fui dándome cuenta de que mis temores no eran infundados, puesto que, aunque contaba con el apoyo de todos los que me rodeaban, día a día me enfrentaba con un nuevo problema para poder seguir preparando mi viaje: asuntos de pasaportes, visados, ... y el más importante: ¡con quién dejaría a mis hijas!
De todos modos, continué con los preparativos, y mientras lo hacía pedía constantemente a Allah que abriera un camino para mí, puesto que estaba convencida de que así como me había invitado a Su Casa sin que yo lo esperase, también Él me ayudaría a poder concretarlo. Le pedía, le imploraba que me dejase ver Su Casa, y que no me impidiera la entrada a ella luego de haberme puesto en su camino. Durante esos días sentí como nunca que Allah me escuchaba y me acompañaba en mi viaje hacia Él. Repetidamente leía las suras coránicas Al-Hayy y An-Nabâ’; también el hadiz Al-Kisâ’ (
Esos días aún están en mí, y aunque fueron días muy decisivos, hoy creo que fueron los mejores de mi vida, puesto que durante todo ese tiempo Allah estaba conmigo, y yo lo sentía.
Fue así, que por fin llegó el día esperado, el 30 de Dhûl Qa‘dah en que comenzaría a transitar por el sendero que me llevaría a
Antes de salir de casa, me esmeré por hacer todo lo que había leído sobre lo recomendable de realizar en el momento de partir: recé dos ciclos de oración, di limosna (sadaqah), y pedí a Allah para que en mi ausencia protegiera a mis hijas, de las que me alejaba por primera vez, y tras pasar bajo el Corán que nuestros vecinos habían preparado para despedirnos a mí y a mi esposo, me encomendé a Allah: “En el Nombre de Dios. Me encomiendo a Dios. No hay poder ni fuerza sino en Dios. ¡Dios mío! Ciertamente que te pido el bien que hay en aquello por lo cual emprendo mi marcha y me amparo en Ti del mal que hay en aquello por lo cual emprendo mi marcha. ¡Dios mío, incrementa en mí Tus gracias, completa en mí tus bendiciones y utilízame en Tu obediencia. Haz que mis deseos sean sobre aquello que hay en Ti y hazme morir encontrándome bajo Tu religión y la de Tu enviado, que Dios le bendiga a él y a su familia”[i].
Tras instalarnos en el autobús que nos conduciría a nosotros y al resto de los hermanos y hermanas, al Aeropuerto Internacional “Mehrabad” en Teherán, a dos horas de Qom, continué con mis plegarias, leyéndolas de un pequeño libro de súplicas que todos llevábamos y que nos acompañaría durante toda nuestra Peregrinación, hasta nuestro regreso. Abrí el libro y leí: “¡Dios mío! Dispón enseñanza en mi trayecto, reflexión en mi silencio y Tu recuerdo en mis palabras” [ii]. Leí varias veces Aiat-ul Kursî (la aleya del Escabel) y tras ello un dicho de Imam As-Sâdiq (P) que encontré:
“Si te propones realizar
Así, comencé a sentir que aunque me movía con mi cuerpo hacia aquel destino bendito, en realidad era un movimiento de mi espíritu, y pedí a Allah que me ayudara a poder sentir todo ello en cada acción mía a partir de aquel momento.
Al llegar al aeropuerto, sentí que mi corazón palpitaba más y más y que no podía soportar la espera de los papeleos y la partida del avión que nos llevaría hasta Jidda. Una vez acomodados en el avión, comencé con mis súplicas nuevamente. Obviamente, todos los pasajeros tenían nuestro mismo propósito: realizar
Cuando desde al altavoz se anunció que pronto llegaríamos al Aeropuerto Internacional de Jidda especial para peregrinos, no pude contener mi emoción. Pensé en que pronto estaría en tierras de nuestro bendito Profeta (BP); sentí que poco a poco me trasladaba desde el siglo XX, al octavo año de la hégira lunar, cuando finalmente los musulmanes conquistaron
Cuando el avión tocó tierra, todos los que allí nos encontrábamos, gritamos en una sola voz, involuntariamente: “¡Dios mío! Bendice a tu Profeta y a
Pronto estábamos todos en la sección de registro, dividida en un sector para mujeres, y otro para hombres, pero que se comunicaban entre sí. Cada vez que entregaba mi pasaporte a un nuevo jefe de mesa, se extrañaban al enterarse de que yo era argentina, de forma que uno de ellos exclamó la aleya: «... y vendrán a ti, de toda apartada comarca...»
Al pasar por la sección de control, las mujeres encargadas de la inspección, tomaron los libritos de súplica de nuestros bolsos y los dejaron a un lado, donde había muchos más, que habían sido arrebatados a los peregrinos que habían pasado antes. Me sorprendí mucho porque realmente no lo esperaba, y cuando le pregunté por qué nos los quitaba, solo me respondió: “¡Harâm, harâm!” (¡Está prohibido -por la legislatura islámica-!).
Está de más decir lo que sentí, al verme despojada de lo que me ayudaría a dirigirme al Profeta como él (BP) y nuestros Imames (P) nos lo habían enseñado... ¿qué súplicas haría en el momento de encontrarme frente a frente a
Al salir del control, me reconforté un poco al saber que a mi esposo no le habían quitado el libro de súplicas que llevaba consigo, porque el guardia que lo había examinado no había puesto mucha atención al hacerlo, o tal vez porque se percató de que no había nada malo en él.
Cuando salimos a la explanada me llamó mucho la atención el techo en forma de gigantescos toldos color crema, apoyados sobre grandes columnas distanciadas entre sí, en las que se podía ver el cielo a través de las aberturas... Justo había comenzado a llover, y el olor de la lluvia primaveral y las gotas de agua que se deslizaban por las aberturas del techo, realzaban el ambiente y me sentía en el culmen de la dicha y el sosiego.
Cada nación o región disponía de una sección señalizada por la bandera del país correspondiente, por lo que al salir del registro, cada caravana, que se distinguía por una vestimenta especial que todos llevaban para poder ser diferenciados por los de su mismo grupo y así evitar perderse, se dirigía allí a esperar la salida del autobús que los llevaría a
Después de esperar unas horas a que estuviera preparado el autobús que nos trasladaría a
Mientras viajábamos, desde el pasacintas del autobús llegaba a nuestros oídos una melodiosa voz que recitaba las benditas aleyas del Sagrado Corán, que nos hacían estremecer de emoción, y abriendo los ojos de nuestro corazón en medio de la oscuridad de la noche, nos dejaba ver las huellas de nuestro bendito Profeta (P) y de los combatientes que dieron todo para implantar la semilla del naciente Islam. Las aleyas del Sagrado Corán que llegaban a mis oídos penetraban en mí y se dejaban entender... eran las aleyas de
En aquel momento deseé que el autobús jamás se detuviera, pues no quería privarme de aquella sensación que había invadido todo mi ser.
Finalmente llegamos a Yuhfah, al miqât, al Hayy que era la respuesta a la invitación de Dios y al llamado e invocación de Ibrâhîm (P)... El miqât que me impedía el paso hacia
Todos descendimos del autobús para dirigirnos a las duchas que allí había, a fin de realizar el gusl o baño ritual que es preferible llevar a cabo en ese momento, llevando con nosotros nuestro ihrâm que habíamos preparado de antemano. Por mi parte, había tenido el honor de que me lo confeccionara la madre de dos mártires de guerra, por lo que ello me hacía conferirle aún más valor a lo que por sí solo el ihrâm para mí representaba: la vestimenta blanca, pura, lícita, sin la cual no podíamos entrar a
El ihrâm que no tiene ninguna particularidad con la que podamos jactarnos ante otros, no tiene la marca de ningún país, de ninguna edad, rango o posición, que vestimos tanto si hace calor como si hace frío... Es la vestidura de la igualdad, de la servidumbre, del pudor, de la sinceridad...
Una vestimenta que es un incentivo y un aliciente para llegar más rápido cerca de Dios, que nos hace sentir más firmes y serios en el viaje que hemos emprendido, que nos dice: “De ahora en adelante has cambiado, deja al mundo a un lado, divisa la muere,
Tras vestir el ihrâm, nos sentíamos triunfantes, ya que sabíamos que aunque muriésemos en ese mismo instante se nos perdonaría todo. Ahora había llegado el momento, antes de partir, de responder al llamado de Dios, una respuesta que habíamos practicado mucho antes de nuestro viaje, puesto que, aunque a simple vista parecía sencilla, el no pronunciar correctamente incluso una letra de dicha talbiah[vi], no nos convertiría en peregrinos. Por todas partes a mi alrededor, veía grupúsculos de gente de diferentes nacionalidades que repetían la talbiah bajo la dirección del jefe de caravana, quien para asegurarse de que todos lo habían dicho correctamente, llamaba a uno por uno de los que estaban bajo su cargo y les hacía repetirla...
Entonces fue que me concentré en decirlo bien, pero en ese momento recordé un hadîz transmitido sobre que el Imam As-Sâdiq (P) cierto día, tras vestir el ihrâm, quiso decir la talbiah, pero del llanto se le aprisionó la voz y por más que lo intentaba, no podía decirla. Entonces uno de sus acompañantes le preguntó: “¿Qué te sucede? ¿Qué estás esperando?”. El Imam (P) respondió: “Temo decirlo... ¡Dios mío, he venido!, pero que se me responda: ¡No acepto que tú hayas venido!”.
Saqué fuerzas desde mi interior para poder decirlo yo ahora... ¿Qué tenía que hacer yo al lado del Imam Ya‘far As-Sâdiq? Pero traté de confortarme a mí misma pensando que yo había emprendido el viaje de la auto purificación y que Allah no me abandonaría. Entonces fue que, lo dije... LABBAIKA AL·LAHUMMA LABBAIK, LABBAIKA LÂ SHARÎKA LAKA LABBAIK. INNA AL-HAMDA UAN NI’MATA LAKA UAL MULK
Continué repitiéndolo varias veces, para asegurarme que lo había hecho bien, y tras subir nuevamente al autobús que ahora sí nos conduciría hacia
Durante el viaje sentía que ya había dejado todo el mundo a un lado, y me había impuesto no romper ese lazo que me unía a Dios, ese pacto que nuestra naturaleza primordial (fitrah) nos obliga a celebrar con nuestro Creador, y pensaba que debía hacerlo bien, puesto que tal vez sería la primera y última vez que me encontraría allí. Pensé en cómo Allah nos impone para todos los días de nuestra vida responsabilidades que nos mantienen conectados con Él para poder purificarnos... pensaba en las cinco oraciones obligatorias diarias que tantas veces son descuidadas al realizarlas sin concentración, en la oración del viernes, una vez por semana, en el mes de ayuno de Ramadán que se nos impuso una vez por año, y en
Finalmente llegamos a
Es aquella que fuera establecida por Abraham y su hijo Ismael, para que fuera centro del Mensaje, residencia de
Primeramente nos dirigimos a uno de los hoteles para ubicarnos y dejar allí nuestro equipaje. Tras descansar unas dos horas del largo viaje, y realizar algunos nuevamente un baño ritual preferible para antes de entrar a
No puedo explicar lo que sentí desde que salimos del hotel y tomamos una furgoneta y franqueábamos la ciudad... Por un lado me desilusioné al ver todos los edificios modernos y avenidas que nos hacían olvidar un poco de toda la historia que encerraba esa ciudad santa, y en esos momentos deseé que todo hubiese quedado como 1400 años atrás; pero por otro lado, todas aquellas montañas resecas que rodeaban la ciudad me regocijaban y transportaban a otros siglos; sea por donde fuera que íbamos, allí estaban y muchas veces pasamos bajo túneles construidos en medio de las mismas. Pensé en cómo Allah nos había ordenado
Por fin llegamos. Desde lejos podíamos divisar los paredones que rodeaban a
Cuando entré todavía no podía divisarla, solo veía a mi alrededor miles y miles de personas, algunas caminando, otras recitando el Corán, otras haciendo súplicas, y todos dirigidos hacia ella… Mi corazón palpitaba más y más, y yo dirigía siempre mi mirada hacia el centro, donde debía hallarse… Hasta que por fin apareció… Instantáneamente corrieron lágrimas por mis ojos, no podía creerlo, era más majestuosa de lo que había imaginado, vestida de negro, allí estaba. Lo primero que atiné a hacer, casi involuntariamente, fue hacer una prosternación de agradecimiento ante el Señor de los Mundos… “¡Oh Ka‘bah! Alabado sea Dios, Quien te engrandeció, ennobleció, y te convirtió en congreso y asilo de la humanidad y bendición y guía para el Universo!…”[ix].
¡Oh Ka‘bah! Cuán altiva y orgullosa te sentiste aquel día que divisaste a lo lejos esa imponente marcha dispuesta a llegar a ti que, coreando victoriosa, infundía temor y pavor en los corazones de todos los abusufianes que se refugiaban en sus casas para dar paso a los que te purificarían y te circunvalarían portando el grito de “No hay Dios sino Dios, Único, sin asociados. Suyo es el Reino y Suya es
Continuamos caminando hasta que llegamos al patio que la rodea, y vimos a cientos de peregrinos que la circunvalaban, por lo que me di cuenta de que no nos resultaría tan fácil hacerlo. Nos acercamos lo más que pudimos, hasta que divisamos Maqâm Ibrâhîm (el sitial del Profeta Abraham)[x], el cual debería mantenerse fuera de nuestro tawâf o circunvalación a
Resultaba difícil realizar el tawâf, puesto que, como es sabido en la escuela ya‘farita, mientras circunvalamos debemos caminar por nosotros mismos y no dejarnos llevar, y mantener nuestro hombro izquierdo constantemente en dirección a
Está de más decir que todo este esfuerzo que realizábamos encerraba mucha bendición y la complacencia de Allah. En cada una de las siete vueltas (ashwât), leíamos las súplicas preferibles pertinentes para cada vuelta, además de pedir y suplicar mucho a Allah por nuestros seres queridos y por nosotros mismos; así mismo lo hacían, a nuestro alrededor, todos nuestros hermanos, de diferentes escuelas de pensamiento islámico, todos unidos en la misma intención, algunos leyendo las súplicas en árabe a otros que no podían hacerlo y que repetían todo lo que su guía les dictaba, y otros haciendo súplicas en su propio idioma. Y cada vez que pasábamos junto a
Mientras circunvalábamos
Cuando finalizamos la séptima vuelta, comenzamos a dirigirnos hacia el Maqâm Ibrâhîm, detrás del cual deberíamos realizar el salât-ut tawâf. Así, nos detuvimos lo más cerca posible detrás el maqâm y realizamos el salât de dos ciclos: «Y adoptad el sitial de Ibrâhîm como oratorio» (Corán; 2: 125).
Tras concluir el rezo, me detuve un momento a observar la vitrina del maqâm que guardaba las huellas de Ibrâhîm, e involuntariamente, al igual que la mayoría de los peregrinos, la besé, y me quedé reflexionando en lo que significaba dicho maqâm: «(
Me retiré de allí pensando en volver en otro momento, y bebí mucha agua de zamzam[xviii], en primer lugar para mitigar la sed que tenía debido al tawâf bajo aquel ardiente sol, y también porque es preferible hacerlo, antes de continuar con el trote entre Safâ y Marwâ… “¡Dios mío! Dispónla como conocimiento beneficioso, como una amplia merced y como curación e cualquier enfermedad y dolencia”[xix].
Safâ y Marwâ son los nombres de dos colinas, separadas entre sí por unos
Ahora debíamos, tras el salât-ut tawâf, recorrer la distancia entre dichas colinas siete veces, comenzando por Safâ, y concluyendo en Marwâ: «Por cierto que las colinas de As-Safâ y Al-Marwâ se cuentan entre los ritos de Dios…» (Corán; 2: 158).
Mientras cumplíamos con el trote entre Safâ y Marwâ recordaba el origen de tal mandato, y la razón por la que habíamos sido ordenados a ello. Cuando Hadrat Ibrâhîm ya era un anciano, aun no había podido tener niños, y tras muchas súplicas a su Señor, Allah le otorgó un hijo, Ismâ‘îl, por medio de su esclava Hayar. Por orden de Dios, Ibrâhîm dejó a Hayar y a su pequeño hijo en medio de aquel caluroso y árido desierto, entre dos montañas: «¡Oh Señor nuestro!, en verdad que he establecido a una parte de mi descendencia en un valle árido, cerca de Tu Sagrada Casa, para que, ¡oh Señor nuestro!, observen la oración… » (Corán; 14: 37). Luego se fue de
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[i] بسم الله, توكلت على الله, لا حول و لا قوةً إلا بالله, اللهمّ إنّي أسألك خير ما خرجت له, و أعوذ بك من شرّ ما خرجت له, اللّهمّ أوسع عليّ من فضلك, و أتمم عليّ نعمتك, و استعملني في طاعتك, و اجعل رغبتي فيما عندك, و توفي على ملتك و ملة رسولك, صلى الله عليه و آله و سلم.
[ii] اللهمّ اجعل مسيري عبراَ و صبري تفكراَ و كلامي ذكراَ.
[iii] Miqât: Es obligatorio, para quienes desean ingresar al Haram Divino, vestir el Ihrâm en uno de los seis lugares que fueron designados por el Santo Profeta (BP). Estos Miqât son:
Masyid-ush Shayarah o Dhûl Hulaifah, ubicado a
Wâdî-ul ‘Aqîq, es el miqât de la gente de la región de Nayd e Irak, ubicado a
Qarn-ul Manâzil, es el miqât de los peregrinos que se dirigen a
Ialamlam, es el miqât de los peregrinos que se dirigen a
Yuhfah, es el miqât de los peregrinos que se dirigen a
Adnâl Hil·l, quienes no vistieron el ihrâm en el miqât o en un lugar a una distancia paralela al mismo a partir de
Miqât-us Sibiân, es el miqât de los niños, quienes no pueden soportar el calor o el frío, a quienes se les permite vestir el ihrâm en la región de Fajj, a unos
[iv] Ihrâm: Vestimenta blanca que debe vestir el peregrino en uno de los miqât, antes de ingresar a
[v] Tras vestir el ihrâm, 24 cosas se vuelven automáticamente prohibidas, las cuales se dividen en tres grupos:
1º- Las que se vuelven prohibidas solo para los hombres: usar vestimentas cosidas; usar medias o algún tipo de calzado que cubra la parte superior del pie; cubrirse la cabeza; caminar bajo la sombra (durante el itinerario de ida y vuelta a pie al hotel. En el hotel o lugar de permanencia y descanso no hay problema).
2º- Las que se vuelven prohibidas solo para las mujeres: cubrirse la cara; usar ornamentos o joyas.
3º- Las que se vuelven prohibidas tanto para los hombres como para las mujeres: usar perfumes; mirarse al espejo; taparse la nariz ante un olor desagradable: teñirse con henna, usar anillos o anteojos (no estando prohibidos si no se utilizasen con la intención de agradar); untarse aceite en el cuerpo (cremas, etc.); cortarse las uñas; depilarse o afeitarse (ya sea mucho o poco); casarse o casar a otras personas; cortar las plantas y árboles del Haram; extraer un diente o hacer que alguna parte del cuerpo sangre; experimentar cualquier tipo de deleite sexual (contacto sexual, besos, caricias, etc.); la masturbación (que si bien está prohibida en cualquier caso, aquí además provoca un defecto en la peregrinación, que debe ser compensado); usar kohol; portar armas; matar o repeler los insectos que se posen en el cuerpo; cazar animales del desierto o comer su carne; mentir, ofender u ostentar; jurar por Dios.
[vi] Talbiah: Es el hecho de decir: LABBAIKA AL·LAHUMMA LABBAIK, LABBAIKA LÂ SHARÎKA LAKA LABBAIK. INNA AL-HAMDA UAN NI’MATA LAKA UAL MULK
[vii] لبّيك اللهم لبّيك, لبّيك لا شريك لك لبّيك, انّ الحمد و النعمة لك و الملك لا شريك لك لبّيك.
[viii] ‘Umrah Tamattu’: Quienes ingresan a
[ix] الحمد لله الّذي عظّمك و شرّفك و جعلك مثابة للنّاس و أمناً مباركاً و هدىً للعالمين.
[x] Maqâm Ibrâhîm: Pequeño recinto o celdilla, cubierto de vidrio, ubicado a una distancia de alrededor de
[xi] Hayar-ul Aswad: Es una piedra de forma oval, un poco más grande que la cabeza humana, de color negra, y enmarcada con un círculo de plata, que está ubicada en el ángulo oriental de
Se transmitió del Imam Al-Bâqir (P) que hay tres piedras que fueron traídas a
Se transmitieron diversas narraciones acerca de esta piedra: se dice que primero era un ángel que descendió a
[xii] Hiyr Ismâ‘îl: Pared en forma de un semicírculo con una elevación de
[xiii] Canaleta de
[xiv] Multzam: Se encuentra entre
[xv] Mustayâr: Parte de la pared sur de
[xvi] Hatîm (lit. “triturado”): Está ubicado entre Hayar-ul Aswad y la puerta de
[xvii] Rukn Iamanî: Es el ángulo sur de
[xviii] Zamzam: Nombre de un pozo de agua cerca de
[xix] اللهمّ اجعله علماً نافعاً و رزقاً واسعاً و شفاء اً من كل داء و سقم.